Armstrong se jubila de puntillas y acorralado

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Armstrong se jubila de puntillas y acorralado

Mensaje  Edu el Lun Feb 21, 2011 9:16 pm


El huracán informativo del caso de Alberto Contador ha relegado casi a la categoría de anécdota una noticia que en otro momento hubiera sido la apertura en numerosos medios. El mismo día que el absuelto ‘pistolero’ regresaba a la competición en la Vuelta al Algarve, Lance Armstrong anunciaba su segunda retirada, que se ha bautizado como ‘Retirement 2.0’. ¿Simbólico? El heptacampeón del Tour de Francia se ha jubilado casi de puntillas, sin el ruido mediático de otras ocasiones, e inmerso en una investigación federal por fraude y dopaje que dirige el agente Jeff Novitzky, un dóberman que ya hincó el diente, entre otros, a Marion Jones en el ‘caso Balco’.

¡Qué contraste con aquella primera retirada en julio de 2005! Armstrong se despedía en los Campos Elíseos tras enlazar su séptimo Tour consecutivo. Se marchaba como un campeón invencible, dejando tras de sí un récord meteórico. Se iba como un héroe en Estados Unidos, como un ejemplo de superación, como el enésimo sueño americano. Y ahora, ¿qué? Pues ahora, hasta la prestigiosa revista ‘Sport Illustrated’, que en su momento le dedicó su portada y le convirtió en un icono, recoge los datos de la investigación que puede sentarle en el banquillo.

Sinceramente, yo soy de los que piensan que Armstrong nunca tuvo que volver a la competición, porque es el referente de un ciclismo que ahora intentamos enterrar. Es más, soy de los que piensan que Lance le ha hecho más mal que bien a este deporte, porque fue incapaz de ondear la bandera de la limpieza cuando la supervivencia del ciclismo lo proclamaba. Y voy a intentar explicar la rotundidad de mis afirmaciones.

La fecha más delicada en la historia de este deporte, al menos a mi entender, fue aquel julio de 1998. El ‘caso Festina’ hizo tambalearse al mismísimo Tour y a todo el ciclismo. La EPO circulaba con impunidad por el pelotón. O, al menos, eso fue lo que entendió la sociedad. Lo que antes estaba más o menos tácitamente admitido por ciclistas, directores, organizadores, periodistas, federativos y aficionados, pasaba a rechazarse de pleno. Sólo había lugar para un nuevo ciclismo.

Y en esas estábamos cuando eclosionó Armstrong… Su victoria en 1999 era la mejor noticia posible para el ciclismo. Era el triunfo de alguien que no estaba en aquel 1998. Pero no de alguien del montón, sino de un superviviente de cáncer. Muchos loamos su ejemplo y entre ellos me incluyo. Han pasado casi doce años y algunos siguen creyendo en LA, pero otros muchos nos hemos desengañado y hemos perdido la fe. Y sé de lo que hablo porque yo cubrí como periodista los siete Tour de Armstrong. Los siete.

Ya en aquel 1999, Armstrong tiró de las orejillas a Christophe Bassons, el único ciclista limpio del Festina un año antes, por sus artículos en la prensa francesa. Sólo fue un anticipo de lo que estaba por llegar. Con el tiempo se conoció su relación con el doctor Michele Ferrari, a quien incluso llegó a llamar en plena etapa en 2000 cuando Marco Pantani le lanzó un órdago de larga distancia. (Por lo que se ve, hablar con el médico en carrera es otra de las utilidades del cuestionado pinganillo). Lance defendió a ultranza a Ferrari hasta el punto de humillar en el Tour 2004, con la complicidad de la mayoría del pelotón, a Filippo Simeoni por haber ‘cantado’ contra el italiano. Armstrong pudo haber tomado la bandera de la limpieza, sí, pero prefirió ondear la de la omertá.

Justo un mes después de su primera retirada, L’Équipe abrió con un gran titular: ‘La mentira Armstrong’.
En un trabajo de investigación probó, con datos contrastados, que había EPO en sus muestras de orina congeladas del Tour de 1999. Conviene recordar, porque me parece importante, que el texano nunca denunció al rotativo francés por aquella información. Y conviene no olvidar que aquel 1999 había sido el año de la esperanza… El año en el que todos creímos en Lance.

Armstrong volvió al ciclismo en 2009 ante una gran expectación. Elevó las audiencias de aquellas carreras que pisaba, desde el Down Under a California. Y también del Tour de Francia, al que dio un interés especial con su duelo fratricida con Contador. Sería hipócrita no admitir que los aficionados y los medios de comunicación agradecimos aquellos morbosos ingredientes. Pese a ello, sigo pensando que nunca debió volver, que el ciclismo ya no le necesitaba.

Muchos podrán alegar que Armstrong ha hecho mucho por los enfermos de cáncer, que para ganar un Tour (con o sin dopaje) hay que dedicar muchos sacrificios, multiplicados por siete en su caso; que el ciclismo nunca vivió un dominio tan colosal, que la bicicleta entró en los hogares de Estados Unidos, que sus simbólicas pulseras amarillas inundaron el planeta… Pues vale. Aun admitiendo que eso fue así, yo no creo en Lance Armstrong. Es una cuestión de fe. Se tiene o no se tiene. O se tuvo y se perdió.
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